Tenemos muchas formas de encontrar significado en lo que hacemos, de dedicar tiempo a aquello que nos apasiona y nos hace vibrar.
Esa pasión por las cosas que nos gustan, por la música, por ese café de la mañana… y para mí, esa fuerza también vive en el arte, en el acto de pintar.
Pero si me paro a pensar, hay un elemento fundamental en el proceso creativo: la dedicación al oficio, la paciencia, el respeto a los materiales. El óleo no es una técnica de prisas, es una técnica de susurros, de capas que se secan lentamente, de mimo y de espera.
Nos debemos el dedicarnos ese tiempo, el entregarnos a la calma de ver cómo un lienzo en blanco cobra vida. Y no se trata de un acto egoísta, no, va más allá, es un acto de compromiso con nuestra creatividad, de darnos la importancia que tiene el expresarnos.
Cuando me encargó este cuadro, lo tuvo muy claro. Era para ella, su momento, su autorregalo de paz. Fue una conexión instantánea con la idea por dos razones aplastantes:
- LA BELLEZA ORGÁNICA: Nadie mejor que la naturaleza sabe de la importancia de cuidarse bien, de tratarse bien, de mostrarse con orgullo. Ese plumaje exuberante, esos colores vibrantes… somos pura química y nuestro asombro por la belleza está ahí para que nos sintamos satisfechos con nosotros mismos. Es la responsable de nuestro estado de ánimo, de la admiración… de nuestro bienestar.
- EL AZUL PRUSIA Y EL VERDE ESMERALDA: Esos colores del pigmento que se deslizan, la manera de tener la naturaleza cerca, de sentir la vida en cada pincelada, de saber que está ahí, latiendo.
Por eso me reafirmo: hay muchas maneras de encontrar la satisfacción, y una de las más puras es a través de la dedicación a nuestra pasión, en el silencio de un estudio, pintando un pavo real que nos recuerde la belleza de la paciencia y el valor de lo que hacemos.





